La experiencia de la victimización (I). El relato de sufrimiento como una narración pública

lunes, 16 de mayo de 2011
Fuente: www.caras.cl 

La persona que ha sufrido un acto de agresión experimentará, tal como bien lo sabemos, un trauma, un daño a su integridad emocional, a su visión no solo del mundo, sino también de sí mismo.

Como decía Barudy, el primer paso en el proceso de reparación del maltrato es reconocerse como víctima. No hay avance si es que no es posible mirarse a sí mismo como un ser que ha sido menospreciado, humillado, alterado en su normal devenir, porque una parte de sí misma fue alterada, destruida o, al menos, limitada.

En una primera instancia, la víctima requerirá observarse como tal. Tal vez esto parezca simple, pero lo cierto es que muchas personas no se dan cuenta de que han sido objeto de una agresión a pesar de que experimenten un claro malestar.

Un ejemplo lo podemos observar -esta situación me encanta usarla durante capacitaciones- cuando una mujer va a contratar un plan a una isapre. Por el solo hecho de no ser hombre, deberá pagar una prima claramente superior. Obviamente, a ninguna mujer le gusta tener que pagar más que los varones, pero eso no significa que sienta que está siendo objeto de violencia económica. Muchas no lo experimentan de este modo, pero cuando durante las sesiones de capacitación discutimos acerca de patriarcado y violencia institucionalizada, muchas (por no decir todas) terminan estando de acuerdo en que han sido víctimas de una violencia que está generada y transmitida ya no por individuos, sino sistemas completos.

Pero la experiencia privada no basta, no existe total consciencia en tanto este insight no es compartido y reconocido por otros.

Los teóricos postcognitivos (Shotter, Potter, etc.) señalan que el acto del habla "interna"es un acto siempre frente a un otro. Cuando pensamos y hablamos, hablamos para alguien, un alguien que puede ser uno mismo, la pareja, un ser superior, etc. A este "alguien", un Otro, tratamos de mostrarle lo que sentimos, convencerlo de lo que nos ocurre (o preguntarle, pedirle que nos saque de dudas, etc.). En este sentido, toda forma de  habla (incluso la "interna", "privada") es siempre social: es un relato hecho frente a un otro, es siempre dialogal, intersubjetiva.

Siguiendo la línea de la Psicología discursiva, autores han enfatizado que, ante cualquier posición acerca de un tema -en este caso, haber sido víctima de violencia-, existe siempre otra(s) posicion(es) posible(s), contradictorias: para este caso, no ser víctima de violencia, ser incluso el culpable, el victimario. Existe diversidad de posiciones discursivas, las cuales chocan entre sí. El relato desde una posición puede ser desacreditada o socavada desde otra posición. En este sentido, toda forma de habla implica una justificación, una argumentación, no una mera descripción neutra de los hechos.

Hago todo esta introducción teórica para hablar del caso Karadima y el relato de James Hamilton (y, por extensión, los demás denunciantes). La denuncia de este hombre, hay que decirlo primeramente, implica una tremenda valentía. Para los varones, ser víctima de abusos sexuales implica una tremenda lesión a su dignidad, lesión que, debido a los mandatos hegemónicos de masculinidad (heterosexualidad compulsiva, ser siempre activos en las relaciones sexuales, etc.), genera consecuencias más graves que en muchas mujeres (en las cuales, obviamente, es el impacto ya es intensísimo). Reconocerse víctima y decirlo por un canal de televisión en horario prime implica un acto de coraje ante el que no queda más que inclinar la cabeza.

(Nota para los y las lectoras extranjeras: En Chile, el caso Karadima hace referencia a los abusos sexuales que un connotado obispo católico chileno, Fernando Karadima -discípulo del sacerdote chileno más famoso de la historia, Alberto Hurtado-, habría ejercido contra diversos feligreses varones. Todos los involucrados pertenecen a la élite económica del país).

El caso es que, volviendo a la perspectiva retórica, la posición discursiva "soy víctima" enfrenta la de "él no es víctima", posiciones que pugnan ante una audiencia, a la cual tratan de convencer. Y aquí nos enontramos con la situación del cardenal Medina, cuyas declaraciones aparecen más arriba.

Este señor, haciendo gala de la sutileza e inteligencia que le caracterizan, ha formulado diversas declaraciones acerca de los abusos que Karadima realizó contra los jóvenes (y adultos) que lo circundaban. Entre otras cosas, ha atribuido explícitamente la agresión al demonio. Pero ha ido más allá. En la frase que aparece en el pantallazo que encabeza este post, trasluce la idea de que las víctimas de Karadima "sabían lo que hacían", o sea, era un acto consentido y, por lo mismo, no era violencia.

El tema no es tanto si un hombre (o mujer) de 17 años "sabe lo que hace", la "verdad" de dicha afirmación, sino para qué lo dice. El sentido de la afirmación es socavar la credibilidad de la víctima, legitimar los actos de Karadima. De este modo, operan en este "choque de opiniones" al menos dos fuerzas sociales contrapuestas: las que luchan por mostrar y visibilizar la violencia sexual ejercida por el sacerdote, y las que pretenden señalar que los hechos no corresponden a situaciones de abuso, esto es, estos actos (y los de otros sacerdotes en similar situación) son legítimos o, al menos, no son delito.

Obviamente, las declaraciones de Medina no ocurren en el aire. Existe en el país (y buena parte del mundo) una significativa discusión acerca de los casos de abusos sexuales de sacerdotes católicos contra sus fieles. Y el impacto de este caso, de un personaje conocido dentro de la elite chilena, implica que la culpabilidad de Karadima socava aún más la credibilidad del clero chileno. Es un caso no sólo personal, sino político. Es, tal vez, la mejor muestra que el relato de la victimización no es de una persona, sino un relato contruido socialmente, negociado, aprobado o rechazado por otros. El resultado de este fenómeno intersubjetivo tiene consecuencias que traspasan el círculo de Hamilton, o Karadima, o Medina. Porque toda forma de violencia (la que importa a los medios de comunicación, y la que no) nos termina afectando a todos.

Todo relato acerca de la victimización es un acto político, en tanto intenciona una cierta forma de sociedad. En el caso de Hamilton, implica visibilizar ciertas formas de relacionarse al interior de una institución, que tienen impacto no sólo en los niños, sino también adultos. Por eso es relevante. Y por ello nos detenemos a analizarla en este blog.

Invito, nuevamente, a revisar la entrevista que James Hamilton dio al programa Tolerancia Cero. Es muy interesante, incluso para quienes no son chilenos, porque el coraje que se requiere para esto, se observa pocas veces: